Fui convocada para trabajar en el CCZ N°9 en un proyecto llamado “En tránsito”, pensado para adolescentes y jóvenes de doce a veinticuatro años en situación o en proceso de exclusión social. Su cometido era intentar mejorar sus posibilidades de inserción educativa, laboral, y en la propia comunidad. [...] Cada curso taller era trabajado desde tres áreas:
El área técnica específica del curso, que en este caso por se un taller de murga el docente encargado pertenecía al TUMP: Edú “Pitufo” Lombardo; el área de formación laboral y vocacional a cargo del Foro Juvenil; el área de formación personal y social, de la Casa de la Mujer de la Unión, encargada de trabajar el tema del género y el trabajo grupal; es aquí donde me integro. Mi función consistía en poner en evidencia las desigualdades entre hombres y mujeres en ese proceso de socialización por el cual ellos estaban transitando, e intentar ayudarlos a crear y consolidar condiciones equitativas para su inserción protagónica en la sociedad. ¿Sencillo? ¿Concreto? Para nada. Difícil y complejo, pero muy estimulante; a la vez fue el taller que más me movilizó y cambió.
Los primeros encuentros que tuvimos fueron en un local del Barrio Bonomi, que nos había facilitado la Comisión de vecinos del barrio. Más tarde pasamos a trabajar en el Club del barrio municipal. [...] La mayoría vino a investigar de qué se trataba el taller, sin saber qué era ni haber escuchado nunca una murga, y en algunos casos sin haber concurrido a ningún tablado. A otros jóvenes les habían informado erróneamente que era un curso de percusión, o de candombe, o que iban a cantar cumbias o a formar parte de un grupo de música tropical. Algunos vinieron porque habían sido echados de otros cursos por comportamientos inadecuados o por no contar con el perfil necesario para el aprovechamiento de dichos cursos, pero a su vez les habían aconsejado que probaran en el taller de murga, como último intento de inclusión en el Proyecto. Las pocas jóvenes que se acercaron lo hicieron entusiasmadas con poder cantar, más allá del género musical de que se tratara. En definitiva, solo dos o tres sabían qué era una murga y venían porque querían formar parte de una. [...]
Al finalizar el primer año de trabajo fuimos al Teatro de Verano a ver una etapa del Encuentro de Murga Joven, el resultado fue desalentador. La mayoría no pudieron valorar ese espacio, la excitación por la salida invalidaba todo propósito, provocando que no escucharan ni vieran prácticamente nada. Apostamos a que el segundo año sería diferente. [...] Llegó la invitación al Encuentro y esto fue un desafío muy estimulante para ellos. Comenzaron a salir de su ámbito y a participar de los talleres generales propuestos: letras, movimiento, percusión, canto, etc. [...] Muchos nervios y expectativas, muchas emociones juntas, dieron como resultado una actuación comprometida, emotiva y muy cálida. A pesar del nerviosismo, pudieron darle lugar a la espontaneidad, a la creatividad y a la improvisación para solucionar inconvenientes del momento. El resultado fue un aplauso cerrado de todo el público, emoción, risas y llantos, felicidad: más allá de afines y desafines lo habían logrado. Familiares, amigos y vecinos apoyando, en algunos casos por primera vez, a esos jóvenes inmersos en una situación que para muchos era la mejor de sus vidas.
Fragmento de Beatriz Fernández Curbelo en BRUM, J. (2001).” “Compartiendo la alegría de cantar. La experiencia de la Murga Joven en Montevideo”. IMM-TUMP